martes, 25 de enero de 2011

Madrides y provencios.

Hace un tiempo os conté cómo mi señora madre se convirtió en un mito – bueno no, en una mita...seamos parasitarios, perdón, quería decir paritarios-. Total, que dejé en el aire la promesa de dar por saco comparando el estado de ciertos aspectos de la realidad – muy diferenciados- entre mi pueblo, El Provencio, y Madrid.

Ya lo he dejado caer en alguna ocasión , pero voy a reincidir y si os apetece meterme a la cárcel pues chachi. El caso es que yo la primera vez que me subí a un cercanías saludé. Sí sí, os lo juro por el santo grial ese. Saludé como quien saluda al entrar a la frutería de la esquina de toda la vida. Pero claro, en la ciudad no hay frutería de toda la vida, ya la cerraron sustituida por un gigacomercial de esos. Total que la gente se quedó mirándome como si fuera un drogadicto que les iba a pedir o algo por el estilo. Un poco de cortesía joder, que uno cuando coincide con otra persona en un espacio reducido está incómodo y no sabe ni para dónde mirar por no molestar a nadie. ¿Tan difícil sería decir “buenos días” por la mañana de camino al curro cuando entras en el el metro? No sé, a veces me da la impresión de que la gente de Madrid no es gente, sino ciborgs de esos o como se escriba. Llamar a la puerta de un despacho antes de entrar, cosas así. Nathing. Allí la peña te pide las cosas al grito de “OYE TÚ”. Menudos perdonavidas de mierda. Sobre todo la gente de mi generación, de los noventa.

Pero bueno, uno se acaba acostumbrando a deambular sin decir ni buenos días al prójimo. Sin embargo hay ciertas ventajas de la capital que un pueblecito no ofrece. A veces cuando voy por Gran vía, o por Sol observo una pareja de chicos en plan cariñoso sin que casi nadie les mire mal. Gozan de una libertad que no se daría en un pueblo pequeñito. Además en un pueblo pequeño todo se sabe, no hay vida privada más que para el que no le cuenta nada privado ni a la madre que le parió y aun así tampoco. Así que, como dice la gente castiza y chulesca: “las gallinas que entran por las que salen”.

Como lo que decía de la frutería de toda la vida, no es lo mismo ir a un centro comercial despersonalizado totalmente que a la tiendecita de toda la vida. O al bar del que eres parroquiano habitual. En ese tipo de trances dispones de opciones que en una coctelería de a nueve euros la copa y camarero estirado no tienes. Pero ya os digo, si hay que andar sin educación ni cortesía por el mundo a cambio de tener cierta libertad, cierto anonimato y otras muchas ventajas que seguramente no habré tenido en cuenta, pa lante como los de alicante.

Pero no creáis no, que yo soy un especimen raro en mi pueblo. Soy un poco rarito, aunque me emborrache con mis colegas y parroquianos como todo hijo de vecino. Ahora ya la gente tiene malas maneras hasta en pueblos pequeñitos. Pero a mí desde pequeño me enseñaron a saludar a las personas mayores o no mayores cuando me las cruzo por la calle y lo seguiré haciendo. Salvo con contadas excepciones – gentuza a la que no soporto ni, por supuesto, saludo-. Recuerdo cómo mi abuelo me decía “sal y vuelve a entrar” cuando entraba en su casa sin decir buenos días o lo que correspondiera. Y nadie me pegaba, ni me maltrataba. Simplemente me enseñaban. Ahora no. Ahora si se te ocurre disciplinar aunque sea verbalmente – no digamos físicamente, que eso es de malas bestias por el amor de dios- a tu hijo o alumno o lo que sea, si se tercia el chiquillo te denuncia – o sus padres, que menudos gilipollas los padres de hoy en día, bueno, casi todos-. Porque esa es otra, con tanto psicopelapollos y psicopelapollas en el ministerio de eduación con el puesto asegurado mande quien mande, se han impuesto unas gilipolleces enormes. Se ha privado de autoridad a los profesores. Se ha privado de autoridad a las fuerzas del orden etc. Y claro, ahora la gente se extraña de que los chavales sean unos sinvergüenzas. Y los/as psicopelapollos/as -condenadas feminazis...- y políticos culpables de esto con sus reformas y su moral ambigua, con su doble capa y sus gilipolleces sin fundamento pretenden arreglarlo con la “educación para la ciudadanía”. Permitan que me descojone. Ojo, yo no digo que haya que dar palizas a la gente, que a mí no me las dieron. Pero la educación se enseña en casa y si ustedes no son capaces de llevar a cabo esto con un éxito medianamente decente, no se molesten en tener hijos.

Una vez en una discusión con una imbécila, la susodicha me dijo “¿qué tienen que ver las fórmulas de cortesía con que un tío sea un sinvergüenza o no?” Y yo pensativo apelé a la estadística, “no lo sé, pero te puedo asegurar que en la cárcel - que es donde está lo mejor de cada casa- no hay ningún chaval o casi ninguno que en su casa desde pequeño haya mamado buenos modales, cortesía, respeto a los mayores, reglas y disciplina”. Y la imbécila con una réplica tan simplista como la que le dí -porque yo en el fondo soy un ser muy simple – se quedó conforme y con cara de boba.



Así que tranquilidad, vecinas chismosas, rumores, críticas, gente con buenas maneras y mucha educación en extinción y mucho gamba suelto. Al final salvo por cuestiones físicas -como el número de habitantes- con el tiempo, la ciudad y el núcleo rural no se van a distinguir más que en la forma...el fondo va a ser el mismo -una pandilla de imbéciles poniéndose la zancadilla unos a otros-.

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